Él tiene la mirada de quien se sabe atento. Sus sentidos están en alerta permanente: nunca lo encontrarán disperso, fuera de sí. Su pelo obscuro es una maraña incontrolable, con un volumen que lo hace propicio de ser acariciado por una mano juguetona. No es difícil encontrar la perdición en sus ojos color miel: allí todo es posible. Sus pupilas te invitan a dar una vuelta en el mundo de las ideas, y su iris es capaz de bajarte a la realidad de un solo brillo. Sus manos, ¡mejor no hablemos de sus manos! ¡No hablemos de esa manera de hacer acrobacias mientras habla! ¡No digamos cómo esas manos llaman a caminar entrelazadas, ni cómo arden hipotéticamente en la piel donde están no-posadas! Mejor pensemos en sus hombros, discretos pero serios, ocultos por lo general por ropas anacrónicas, pero que se hacen ver cada vez que sonríe pícaramente. O mejor hablemos de su cintura, que a lo lejos parece haber sido moldeada para nuestros brazos, tan cerca pero tan lejos. O mejor hablemos de ese rasgo que tiene de brillar, de tener la palabra justa en el momento indicado, de ser preciso en tiempos de tormenta, de ser un salvavidas de anís.